Garzón es un juez de carrera larga

El visor internacional

Alberto Peláez

Cuando hace veinte años el joven juez Baltasar Garzón tomó los primero casos de corrupción y narcotráfico, jamás imaginó que su actuación tendría tal recorrido que se convertiría en uno de los jueces más importantes y mediáticos del mundo. Sí, un hombre, que enamoraba y estaba enamorado de la cámara. Ese fue uno de sus “pecados”. Garzón salía, se exponía en la televisión un día sí y otro también entre la envidia de sus compañeros que se quejaban de que los “mejores” casos se los llevaba Garzón.

Pero aquel joven juez, forjador de sueños imposibles y con ganas de lucha, se hizo más ambicioso. Tocó las puertas de la política y, el entonces presidente del gobierno Felipe González, le “recompensó” con la Delegación del Gobierno en el Plan Nacional contra las Drogas. Garzón no buscaba un “cargo menor”. No había dejado la judicatura para hacerse “delegado”. Él había buscado el ministerio del Interior.

Tras aguantar lo justo, dejó la política y se “vengó” de González. Metió en la cárcel al que había sido ministro del Interior, José Barrionuevo y a su número dos, Rafael Vera por ser los creadores de los GAL —un grupo paramilitar sufragado con fondos reservados del Estado para acabar con ETA.

Mientras Garzón cargaba enemigos a sus espaldas, la opinión pública veía en él a un Robin Hood, sobre todo cuando estuvo a punto de meter en la cárcel al dictador Augusto Pinochet que vivió su propio calvario al no poder regresar durante años a Chile por culpa de Garzón.

Colateralmente excavó en la dictadura argentina y desenmascaró todas las torturas de la Escuela Mecánica de la Armada. Detuvo a importantes conniventes de aquellas autarquías tenebrosas como a Scilingo o a Cavallo, éste último antiguo director del Renave en México. También hurgó Garzón en la impunidad de la dictadura guatemalteca. Lo peor fue que se sometió en un terreno tabú: los asesinatos de la dictadura de Franco.

Garzón tenía tantos admiradores como detractores. Y entonces, la dura derecha, la extrema, le ha buscado las cosquillas. Las organizaciones Falange y Manos Limpias, conocidas por sus ideas ultras, se querellaron con el ya no tan joven juez, acusándole de prevaricación, es decir, llevar un caso a sabiendas de que no es de su competencia. Pero Garzón, el prolijo Garzón, erre que erre, se metió a la alberca aduciendo que los delitos de lesa humanidad, como los de la dictadura, no prescriben jamás. La conclusión es que la carrera de juez puede terminar con cierto claroscuros a pesar de que está suspendido cautelarmente.

El juez puede marchase a Holanda, al Tribunal Penal Internacional como asesor y después regresar a España. Pero ya no será lo mismo.

Detrás de esta fulgurante y emocionante carrera de un hombre que ha creado precedente, un parteaguas en el derecho internacional, se encierran intrigas políticas y personales, animadversiones que no se han podido limar. Más bien lo contrario. Ha prevalecido el encono personal al avance de la adjudicatura universal.

Baltasar Garzón, siendo extraordinariamente inteligente, fue un pésimo jugador de cartas. Desde el principio tendría que haber perdido perdón por todos sus éxitos.

Milenio Online

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