Bellos paisajes y grandes tragedias

JOSEP Borrell

Liubliana es la pequeña capital de un pequeño país, Eslovenia, de dos millones de habitantes. Fue el primero que se independizó después de la desintegración de Yugoslavia. Guardan una memoria reverencial de los breves combates de entonces y mantienen todavía un litigio fronterizo por «quítame allá unos kilómetros de tierra» y el acceso a aguas internacionales con la vecina Croacia que no lleva camino de resolverse.
La ciudad refleja los muchos años en los que fue parte del imperio austriaco. Desde lo alto de su castillo, las cumbres nevadas de los Alpes Julianos se despliegan en todo su esplendor. Son parte de una de las naturalezas mas hermosas y mejor cuidadas y respetadas que conozco.
El paisaje es idílico, lagos de postal rodeados de acantilados boscosos coronados por fieros castillos y salpicados de islas que acogen pacíficos monasterios. Parece un país de cuento de hadas, de una armonía casi irreal. Pero en medio de esa espectacular belleza se vivieron enormes tragedias humanas a lo largo de una historia atormentada.
El valle del Sosha, en italiano Isonzo, fue uno de los frentes más sangrientos en la primera guerra mundial. En los combates por sus cumbres murieron 300.000 jóvenes italianos y austrohúngaros. En Kaboritch, en italiano Caporetto, hay un museo de la guerra que describe con dramático realismo las condiciones de la vida y la muerte de los combatientes en esas cordilleras. Ninguna concesión a la retórica militar ni a la épica con la que se suelen describir las guerras pasadas.
Por allí rompieron el frente los alemanes con un ataque de gas causando la desbandada italiana hasta casi las puertas de Venecia. Hemingway lo cuenta en su novela Adiós a las armas y el nombre de Caporetto ha quedado como sinónimo de catástrofe o desgracia en la lengua italiana. Es difícil imaginar cómo la impresionante belleza de ese valle pudo ser el escenario de tanto sufrimiento y crueldad. Pero los cementerios que se desparraman por las laderas de las montañas forman ya parte del paisaje.
Los muertos de la primera gran guerra tienen por lo menos un nombre y una cruz encima de su tumba.Muchas de las víctimas de la segunda guerra mundial yacen todavía en fosas comunes, víctimas de los enfrentamientos y de las represalias entre invasores y partisanos, y entre las distintas facciones en las que se dividió la resistencia y la colaboración. Allí como aquí son parte de una memoria por recuperar.
En la Universidad de Lubliana celebramos un coloquio que pretende buscar semblanzas y diferencias entre la transición española y la yugoslava. Las dos dejaron detrás fosas comunes por desenterrar. Y en el coloquio sale a relucir, cómo no, el caso del juez Baltasar Garzón. Alguien expresa su sorpresa por lo que significa para la democracia española y para la amnesia voluntaria de nuestra transición.
Y tienen razón en sorprenderse.Cuando en 1998 Garzón ordenó el arresto del dictador chileno Augusto Pinochet en Londres, amparándose en el principio de justicia universal y en el carácter imprescriptible e inanmistiable de los crímenes contra la humanidad, generó una corriente de simpatía y apoyo.
La misma que se expresa ahora en Lubliana y en tantas otras partes de todo el mundo. Porque las víctimas de Franco eran muchas más y no pueden valer menos que las de Pinochet. Presidente del Instituto Europeo de Florencia

El Periódico

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