Garzón, el justiciero

14.03.10 – 01:40 –

AGUSTÍN REMESAL
Cuando la cloaca desemboca en río revuelto, las aguas se emponzoñan vertiginosamente y envenenan todo su cauce hasta llegar al mar. Con ese discurso apocalíptico me resumía a mediados de los años ochenta la situación de la justicia en Italia mi amigo el magistrado Marco B., uno de los promotores del movimiento ‘Mani pulite’. La gravedad descrita por aquella metáfora judicial mejoró años más tarde cuando las corrientes fluviales contaminadas por la mafia bajaron al fin más limpias, gracias al drenaje de ese grupo de jueces que comenzaron a cortar los brazos de aquel pulpo grangrenoso. Ahora tienen a la puerta de la celda carcelaria al presidente italiano. Hace unos días, Marco me llamó para preguntarme, indignado, por qué los delincuentes (estafadores, terroristas, mafiosos, fascistas) se habían alzado en armas contra el juez Baltasar Garzón, y por qué se permitía aquí tal atropello.
La justicia en España se ha convertido en el reino del disparate y se hace difícil distinguir al juez del reo, según la lógica de mi amigo magistrado de la Corte Penal de Roma. Él opina que a su colega Garzón lo han aniquilado ya: si lo condenan, deberá abandonar con vergüenza (ajena) su carrera; si gana y logra salir del laberinto en el que le han aherrojado, dejará la magistratura como triunfador y empujado por su gigantesco orgullo se irá a casa con su blasón honrado: ‘Mani pulite’. Nunca la politización de la justicia, una de las corrupciones no superadas todavía por la democracia en España, habría llegado tan lejos.
El juez Garzón forma parte de la reducida nómina española que ha alcanzado, en su tarea jurídica, una relevancia internacional. Esa notoriedad, acentuada a veces por el oportunismo de las causas por él defendidas, le ha permitido ser un notable en la sagrada tribu de jueces justicieros. Su osadía y el entusiasmo secreto para pisar muy cerca de las líneas rojas de su oficio le han encumbrado a la fama, y no reniega de ella. Basta asistir a una de sus comparecencias académicas fuera de España para constatar la autosatisfacción con la que derrama sus gestos y sus palabras. El juez estrella sabe aprovechar la circunstancia para ascender aún más a ese cénit de gloria que tanto incomoda a sus colegas. Esas conferencias de Garzón en clubes selectos y universidades del mayor prestigio no pasarán a los anales de la judicatura, pero sí han abierto campos insospechados para la práctica de otra forma de entender la justicia a escala internacional.
El ejemplo más patente de esa cabalgada mundial del magistrado español culminó con la detención en Londres de Augusto Pinochet, el general jaquetón que cayó en la trampa de su propia autocomplacencia. Nadie, por aquellos días, apostaba en Londres un penique a favor de las tesis y la demanda del juez, terror de torturadores. Cuando el fiscal Alun Jones recibía por fax los informes que desde Madrid preparaba Garzón, a veces de madrugada, para añadir al proceso de extradición abierto por la Corte Penal de Bow Street, la vista de la causa se agitaba. El fiscal de la Corona Jones, un inglés larguirucho, afable y parco en palabras, mostró su reconocimiento personal a la labor del magistrado español, tras la lectura del auto que concedía la extradición de Pinochet a España. Una postrera jugarreta política del primer ministro Tony Blair, disfrazada de gesto humanitario, devolvió al dictador chileno a su casa, en rocambolesca huida, y le evitó así al presidente Aznar la digestión de aquella ‘patata caliente’. La amistad que unía a ambos mandatarios y su alianza contra las fuerzas del mal habían comenzado mucho antes de que se juntaran en la foto de las Azores.
La fascinación que la labor del juez Garzón produce fuera de España contrasta con la algarabía de acusaciones, descalificaciones e insultos de que es víctima en tierra propia. Es obsceno el método empleado por ciertos políticos para meter el ‘caso Garzón’ en su puchero electoral. Es paranoico el procedimiento con el que algún periódico, contra el cual litigó, ajusta cuentas con el magistrado, puesto ahora contra las cuerdas. Pero lo más repugnante del asunto es la identidad de quienes pretenden arrojarlo a los leones: los encausados en sus últimos sumarios. Los dirigentes de un sindicato ultraderechista y de Falange Española y los corruptos de la trama ‘Gürtel’ se alían para rematar al ‘juez estrella’. Nos les gusta a los primeros que se empecine él en juzgar a quienes regaron miles de cadáveres por las cunetas y los cementerios durante la represión franquista. No admiten los segundos que se les trate como a presuntos delincuentes y se les someta a escuchas telefónicas. En consecuencia, la rebaba del franquismo y la podredumbre se asocian para abatir al magistrado. Otra vez la razón política se alza con la primacía frente a la ley.
Los jueces italianos de ‘Mani pulite’ consideran a Garzón como uno de los suyos. Decenas de magistrados que dirimen casos relacionados con los derechos humanos, terrorismo, tortura y crímenes de guerra han mostrado su solidaridad con el juez español. Pero también con sus servidores la justicia es implacable. Él sabe que está al borde de un precipicio y actúa con la rutinaria osadía que nace de su norma personal, pegado al riesgo. Baltasar Garzón ha asistido a muchas cacerías, sabe de dónde le llegan los tiros y no se inventa enemigos; pero es triste espectáculo ver cómo el magistrado más carismático de la democracia española cae aplastado por las pezuñas de una caterva de querellantes salidos de la cloaca.

http://www.nortecastilla.es/v/20100314/opinion/garzon-justiciero-20100314.html

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